Un rastro apenas perceptible. Huellas en la gélida nieve.
Entre ellas los agujeritos que ha fundido la cálida sangre.
Abajo, en el fondo, cristal rojo.
Huye. Y huele la sangre. Un licor embriagador y dulce
que se le escurre. Y le inunda los oídos,
y se coagula formándole una membrana sobre los ojos
de modo que pronto el mundo sólo será
un dolor oscuro y sordo.
Después, se agota la sangre.
Traducción: Francisco Uriz