Al ver sus muslos, me puse pálido.
Era primavera y automáticamente comencé a seguirla,
no fui el único. Pronto, todos en procesión
nos movíamos tras ella por el parque y, cuando la mocosa se detuvo
de pronto, quedamos petrificados, coagulados,
y cuando se dio la vuelta, toda atrevida, nos convertimos
en hierbas, flores de primavera, arbustos,
reverdecimos todo el parque con nuestra pasión, y la verde,
esbelta mocosa paseaba por allí,
sus muslos dirigían nuestro metabolismo,
en su cartera, los cuadernos se reían de nosotros con sus
ángulos doblados, blancos,
y escondimos nuestros globos oculares entre el follaje y las hierbas
y los doctores se olvidaron de sus doctorados,
los peones camineros de sus carreteras, los profesores de sus conferencias,
los negociantes de sus beneficios;
todos nos sentimos unidos en una hermandad fatal, peligrosa,
y nos tapábamos implacables con las ramas mutuamente,
nos asfixiábamos con las raíces, nos apartábamos con las ramas,
de modo que las violetas entre nosotros comenzaron a perecer lentamente,
y luego las hierbas y los arbustos,
hasta que quedaron sólo los robles más altos,
la bella mocosa les hizo guiños con alegría,
y también a ellos les estalló el sistema circulatorio
y comenzaron a secarse, descomponerse, derrumbarse,
mientras que la mocosa se alisó la falda y subió al autobús.
Traducción: Francisco Uriz