Durante años no habíamos sacado al caballo del establo;
al ponerle la silla, permaneció remiso, como si no sintiera,
con la cabeza metida en el pesebre,
rumiando monótonamente un manojo de heno;
al montar en su lomo, sentí la carne muerta, fría
entre mis muslos, se mantuvo de pie como una torpe estatua
cerrando los ojos ante la luz, pero de pronto,
de una sacudida, me tiró de la silla y desapareció.
Más tarde lo encontré en el bosque,
había metido la cabeza entre los troncos como en el pesebre
y, al mirarlo a los ojos, vi que el camino que, delirantes,
habían seguido durante los meses y años de soledad
se los había enturbiado, y supe
que jamás sería posible alcanzarlo en aquella lejanía.
Al anochecer, dejó que lo volviera a meter en el establo.
Al día siguiente le pegamos un tiro.
Traducción: Francisco Uriz